Javier Pablo Candeira Fernández de Araoz, 1935-2011

“Dios te da los achaques uno a uno y te los quita todos de golpe”, solía decir. La parte de los achaques ha resultado ser cierta. Mi padre Javier Pablo Candeira Fernández de Araoz, “fibras”, ha muerto ayer en Orense a la edad de 75 años.

Javier con su nieta Clara

Javier con su nieta Clara, en octubre de 2009

Era un tipo duro como los clavos, que cuando estuvo en la universidad jugaba al rugby, y se preciaba de ser un medio apertura de 60 o 65 kilos de peso con el lema “cuanto más grandes son, más ruido hacen al caer”. También era un puro estóico, que no sólo se sabía de memoria el “If…” de Ruyard Kipling, sino que lo seguía como regla de vida. No te quejes, actúa. Levántate y sigue intentándolo. Era el hermano pequeño de su familia, el ojito derecho de su padre, pero supo ponerse a la altura y hacer de hermano mayor. Tuvo reveses profesionales, pero siempre salió adelante a base de coraje, inteligencia, trabajo, puta cabezonería y la capacidad de inspirar confianza en los demás, y cumplir después con su palabra.

Sabía cosas, pero sobre todo sabía hacer cosas. Generales y concretas. Montar empresas, dirigir proyectos, negociar, pero también hablar francés, resolver ecuaciones, hacer mermelada, cocinar setas, abrir cerraduras de puertas y armarios con un trozo de alambre, entrar en coches y arrancarlos sin las llaves, arreglar tostadoras. Algo que aprendí de mi padre: los temporizadores de las tostadoras están patentados, así que cada fabricante inventa un sistema nuevo. “Mira tú, éste es un temporizador neumático”, nos explicaba con la tostadora desmontada encima de un periódico en la mesa de la cocina. Cuando los montaba, funcionaban otra vez. Era como jugar al mus y ganar.

Trabajó como ingeniero para otros hasta que decidió que no valía la pena cambiar de ciudad, con la familia a rastras, cada vez que le cerraban la fábrica en la que trabajaba. Se abrió despacho por su cuenta, pero también acabó teniendo que cerrar. Así que a los cincuenta y tantos años cambió de profesión: aprendió a cultivar kiwis y montó dos plantaciones, una para unos inversores y otra de la que vivir él y su familia. Sus hijos no fueron los únicos que pensaban que aquello era una fantasía delirante, pero al final vivió confortablemente durante casi 25 años con su coseña anual de “cojones  de mono”. Quizá su mejor broma es que ahora mi hermana Isabel y yo tendremos que decidir qué hacemos con una plantación de kiwis. En un pueblo a 150 kilómetros de donde vive ella y a 20.000 de donde vivo yo.

Durante mucho tiempo sus peores enemigos fueron el orgullo y la obstinación, pero el tiempo acabó por limarle muchas de las aristas y resaltar sus mejores cualidades: su orgullo por su familia y amigos, y su lealtad obstinada hacia todos nosotros. Cuando murió Alicia, su aliada y nuestra madre, siguió visitando a sus suegros y sentándose en el salón con la abuela Julia, ya demente, dándole la mano para que el abuelo Álvaro tuviera un respiro. También siguió visitando a la tía Maruja cuando faltó el tío Carlos, y también la acompañó cuando fue poco a poco perdiendo el juicio. También hizo lo posible y un poco más por ayudar a sus sobrinos, los hijos de su hermano Miguel. O por su hijo, el otro Javier Candeira, en su –mi– paso por los ojos del Guadiana de la salud mental y financiera. Orgullo y obstinación. Se pueden tener mejores defectos, pero también peores cualidades.

Sus últimos diez años los vivió de prestado tras sobrevivir a un cáncer de faringe e informar alegremente a toda la famlia de que el diagnóstico del médico era “que se iba a morir” pero que “iba a morirse de otra cosa”. Pese a que dedicaba todos los días el mismo tiempo a lavarse y comer que la mayor parte de la gente le dedica a un trabajo a tiempo completo, no se le oía una queja. Como si Ruyard Kipling le susurrara al oído derecho y Gila al izquierdo, su respuesta invariable cuando le preguntábamos cómo estaba era “malito, gracias a Dios”.

Pasó estas navidades en el hospital, enfermo de neumonía. Sin embargo, recibió el alta con un ánimo radiante, aunque le tocara comerse los canelones de año nuevo el 18 de enero. Días después habló por videoteléfono por última vez con su nieta Clara, que también abría los regalos de Reyes con retraso.

No dejó que la medicina moderna se encarnizara con él sin sacar algo a cambio. Hace diez años pasó casi doce meses en el hospital, pero a cambio sacó una década más de achaques. Cuando tuvo que devolverlos, fue al hospital donde se los habían prestado, y los dejó todos de golpe y sin mucha ceremonia.

Javier Candeira “el genuino” ya no está malito. Se ha muerto de otra cosa.