Desde que leí a Ballard por primera vez, hace ya veinticinco años, no creo que haya pasado una semana sin que, ante un paisaje urbano o una situación social, no haya dicho para mí, fuera enfadado, divertido, o confuso: “carajo, qué ballardiano es esto”.
Iba a escribirme una elegía a Ballard, pero me voy a contentar con enlazar al emocionante comentario de JL en 140 caracteres, y a la que le ha hecho su amigo John Clute en The Independent:
“Se convirtió en el sabio y profeta cuyas visiones del coste de la vida en el mundo moderno eran una parte integral de nuestra comprensión de la forma de las cosas venideras. Al menos un diccionario inglés ha aceptado “Ballardian” como término para describir el paisaje de finales del siglo XX: baldío, herrumbroso, cuajado de reliquias Ozymándicas de la era espacial ya pasada, distópico… un paisaje surrealista que hace suyas las psicopatologías de la humanidad moderna.”
