David Foster Wallace Is Dead, Alas!

Llevo más de diez años con Infinite Jest a cuestas, mudándome con ella de piso en piso (en ocasiones de continente en continente), y a fecha de hoy nunca he tenido la paz de espíritu para adentrarme en ella más de 100 páginas. Ahora que estoy más asentado, pensaba dedicarle una semana de vacaciones sin ordenador, en un hotel con chimenea, con mi mujer y el perro en la habitación, y con el último frío del invierno al otro lado de la ventana. El plan exhaustivo incluía repasar luego el viaje literario al llegar a casa, consultando el mapa a posteriori.

Tendrá que ser a autor muerto, y con dudosa paz de espíritu. Según escribo esto me ruedan las lágrimas por las mejillas; DFW se ahorcó anteayer en su casa de Claremont (vía). Tenía 46 años.

Portrait of DFW as a Young Artist

En Gawker tienen un fragmento de una conferencia suya de 2005, en la que reflexionaba sobre el peso del pensar:

Aprender a pensar significa realmente aprender a ejercitar algún control sobre cómo y el qué pensar. Significa estar lo bastante consciente y alerta para escoger a qué prestarle atención, y escoger cómo se construye el significado a partir de la experiencia. Porque si uno no puede ejercitar este tipo de opciones en la vida adulta, está totalmente jodido. Es como el viejo tópico: la mente es un gran sirviente pero un mal amo.

Este tópico, tan patético y poco atractivo en la superficie (como tantos otros), expresa en realidad una gran y terrible verdad. No es coincidencia que los adultos que se suicidan por arma de fuego siempre se pegan un tiro en la cabeza. Le pegan un tiro al amo terrible. Y la verdad es que la mayor parte de esos suicidas llevan ya muertos mucho tiempo antes de apretar el gatillo.

La conferencia es de mayo de 2005, y aunque en ella no se le menciona por el nombre, es imposible leer estos dos párrafos sin pensar en Hunter S. Thompson, quien tres meses antes se había rematado de un disparo en el cráneo, apesadumbrado por la enfermedad y, también, por vivir, tanto en lo físico como en lo mental, casi muerto en vida.

De Hunter S. Thompson uno se esperaba este final. De hecho lo raro es que durara tanto, que fuera capaz de acumular tantas penas antes de quitárselas todas de golpe. Pero David Foster Wallace parecía haber consignado su adicción al álbum de recortes de la historia, y convertido su melancolía producción, con ensayos de planteamoiento caliginoso, aunque finalmente brillantes. Casi optimista era la conclusión del prólogo a Best American Essays: 2007, donde tras un debate interno sobre el papel de los “decididores”, DFW hace una defensa del pensamiento como ordenador del mundo (uno de sus leit-motivs). Y también conturbado pero sereno es el artículo para The Atlantic Monthly titulado Just Asking, en el que DFW planteaba, a modo de pregunta en voz alta, si el abandono del Ideal Americano tras el 11-S no sería un precio demasiado alto a pagar por una elusiva Seguridad Total.

Por muy buenas que fueran sus novelas, lo que hacía que el mundo midiera a los demás con la vara de David Foster Wallace eran sus ensayos. Tanto le gustaba la forma del ensayo, que su ficción se caracteriza por notas a pie o al margen de página. La pirotecnia de las notas en la ficción le gustaba tanto, que acabó añadiéndo notas a los ensayos como efecto estilístico deliberado, no sólo en cuanto al contenido sino en cuanto a la tipografía. Como Laurence Sterne y Nicholson Baker antes que él, DFW se convirtió en un experto en usar los marginalia como subgénero humorístico, pero Foster Wallace le añadió el “me estoy riendo de mí mismo” al devolver las notas irónicas a la no-ficción de la que habían partido sin el menor asomo de ironía.

Es difícil escribir ahora sobre su sentido del humor, pero en sus primeros artículos y piezas periodísticas es lo que más resaltaba de David Foster Wallace. Hay que ponerse también en la mentalidad mediados de los 90, cuando el azote de lo políticamente correcto y el pensamiento absurdo de la teoría postmoderna hacía de los teóricos culturales una banda de cenizos. DFW nos hizo recordar lo gracioso que podía llegar a ser un autor sin dejar de ser totalmente cerebral y postmoderno. En sus manos, un encargo de cubrir el rodaje de Lost Highway se convierte en un canto amoroso a las operadoras de cámara de cabellos cepillados cientos de veces. Y una visita a una feria estatal (que realiza con guía nativa, como si fuera un antropólogo en Papúa Nueva Guinea) o un viaje en un crucero de vacaciones se convierten en el tipo de experiencias que dan título a su primer libro de no ficción: A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again.

Mi favorito es el primer artículo de la colección, en el que DFW revisita sus recuerdos de tenista juvenil en Illinois, cuando en cualquier momento un golpe de aire podía levantarlo y lanzarlo contra una verja. Más tarde volvería a su autoridad de “yo también he sido tenista” tratando de Federer y, sobre todo, de , pero en mi memoria siempre resonarán los acordes no euclídeos de Derivative Sport In Tornado Alley:

Los tornados eran, en nuestra zona del centro de Illinois, el punto sin dimensiones en el que las líneas paralelas se encontraban, giraban y volaban por los aires. No tenían sentido. Las casas no explotaban, implotaban. Los burdeles se libraban mientras los orfanatos vecinos cascaban.

Siguen viviendo los autores-burdel, mientras cascan los autores-orfanato. David Foster Wallace, descanse en paz.

Comment (1)

  1. JJ wrote::

    Yo si lo leí, ese y “Girl with curious hair”, una colección de relatos. Una pena.

    Tuesday, September 23, 2008 at 7:25 am #